La Dueña

30074354_10216565654283252_1951368639_oAgnes se encontraba sentada en la sala de su casa. Estaba un poco susceptible. Miraba como su familia caminaban de un lado al otro y no le prestaban atención ninguna… «¡Cómo cambiaban los tiempos! Antes no era así». Recuerda que cuando su madre y su padre eran ancianos ella siempre los cuidó con esmero y mucho amor. Todavía ella estaba joven, y no era que necesitara toda la atención del mundo de parte de su hijo y nietos; pero le gustaría, la haría feliz que de vez en cuando la miraran y, por lo menos, le sonrieran. Se levantó de su silla de rueda, en la que llevaba algunos años sentada, se asombró de lo fácil que le estaba resultando ponerse de pie en los últimos días, y fue al espejo grande que estaba colgado a un lado del pasillo sobre una consola decorada con un hermoso arreglo florar y varias fotos suyas de diferentes etapas de su vida. Se miraba hermosa, apenas unos veinticinco años. Pensó que tenía más años, pero los espejos no engañan, además, la imagen de una de las fotos coincidía con la que el espejo le devolvía. Otras eran de una señora mayor, que ella no conocía.  Se tocó el rostro y suspiró. De nuevo volvió a sentarse. Vio a su hijo entrar con un periódico debajo del brazo, llamó a su esposa y le mostró algo. Vio a la esposa ir a una gaveta de la misma mesita donde estaban sus fotos y sacar una tijera. Luego volvió donde su hijo y recortó algo del periódico. El quedó muy pensativo después de leer; la esposa volvió al interior de la casa, entonces lo vio recibiendo una llamada al celular. Depositó sobre la mesa el pedazo de papel, llamó a sus hijos para llevarlos a la escuela, y ella, algo curiosa, se puso de pie y lo tomó. Volvió a su silla y comenzó a leer. Sus ojos se agrandaron al no dar crédito a lo que leía. Era el Obituario, y estaba su foto… ¿Cómo era posible eso? Tenía que ser una equivocación, ella no estaba muerta. Lo leyó, y a medida que avanzaba su asombro iba creciendo: todo lo que ahí estaba escrito sobre su vida era verdad con excepción de que ella no estaba muerta. Decidió aclarar el malentendido de inmediato. Se levantó de su silla de nuevo y fue al cuarto a enfrentar a su nuera. Esta tendría que aclararle qué estaba pasando. Una vez frente a la puerta tocó y nadie respondió, abrió con delicadeza y entró.  Su nuera no estaba, salió y la buscó por toda la casa. Por fin la encontró en su propia habitación acomodándola y encajonando todas sus cosas. Le habló y no recibió contesta; le reclamó y recibió la misma indiferencia. Tendría que esperar a que su hijo llegara. Una hora después lo vio entrar y fue a su encuentro, le reclamó como había hecho con su esposa; le exigió una explicación de lo que estaba pasando y recibió el mismo trato humillante: la estaba ignorando a propósito. Ni siquiera la miró… ¿Será que en el fondo deseaban de verdad su muerte? Escuchó la voz de su hijo dirigiéndose a la esposa:

—Amor, ¿tú tomaste el recorte de periódico donde está el obituario de mamá?

—No, lo dejaste sobre la mesa del comedor —le gritó desde su cuarto.  No lo vio y volteó la cabeza mirando a su alrededor cuando se percató que el trozo de papel estaba sobre la mesa debajo del espejo sujeto por el búcaro de las flores.

—Esta mujer está loca. Cambia las cosas de lugar, y después no se acuerda—dijo en voz baja.

Caminó hacia el interior. Entonces, Agnes esperó con paciencia sentada en su silla a que llegara la noche para ir a su habitación. En ese tiempo los vio moverse por la casa y acomodar dos cajas con sus cosas cerca de la puerta. Un rato después todos se sentaron a la mesa y comieron delante de ella, y ni siquiera le brindaron. No tenía hambre, pero debían ser más educados. Mucho que comieron de la comida que ella les preparaba.

—¿Qué vas a hacer con las cosas de mamá?

—Las voy a donar a su iglesia.

—Me parece bien —respondió él—. ¿Ya llevaste la silla de rueda?

—Si, eso fue lo primero. Tomaba mucho espacio.

—Ustedes no contaron conmigo, ni siquiera me han preguntado… ¿Me van a decir con qué me voy a vestir yo? —No estaba nada contesta con los acontecimientos— Ustedes tienen que estar locos ¡Yo estoy sentada en mi silla!

Los niños hacían mucha bulla, y se movían de un lugar al otro sin importar que estaban en horario de comida.

—¡Niños mal educados! En mis tiempos había más respeto.

La volvieron a ignorar. Por fin llegó la noche y todos se fueron a dormir. Poco a poco acomodó sus pertenencias de vuelta a donde pertenecían. Se levantó temprano y fue a sentarse en su silla a esperar porque los demás se levantaran. Durante algún tiempo ella ayudaba a su nuera a preparar el desayuno hasta un día que no encontró donde estaban las cosas. Muy molesta reclamó que le cambiaran todo de lugar. Ya ni si siquiera la cocina estaba donde siempre, la sala, el baño: todo había sido cambiado. No le gustó en lo absoluto que le hicieran eso… ¿Por qué cambiaron todas las habitaciones de lugar sin contar con ella que era la dueña? Se sintió perdida. A partir de ese día no la dejaron hacer nada más. La confinaron a esa silla, y desde ahí miraba a los demás hacer las cosas sin permitirle formar parte de nada. Eso la amargó mucho.

—Amor, ¿por qué volviste a poner las cosas de tu mamá de vuelta a las gavetas? Ayer me tomó mucho empacarlas —su nuera venía de los cuartos interrogando en voz alta a su hijo y muy contrariada. Pero en su ropa mandaba ella y nadie más. ¿Qué se había creído ella? Ya bastante tuvo que soportar cuando le robó el amor de su único hijo.

—¿Yo? Yo no he tocado nada —respondió su él indiferente mientras leía el periódico sentado a la mesa.

—¿Cómo que no, Albert? Mira, moviste hasta las cajas de lugar.

—¿Te estás volviendo loca? Yo no he tocado nada. —se levantó de la mesa, apuró a los hijos para que terminaran y entre quejas de su esposa salió de la casa.

Agnes se levantó de su silla molesta por el aislamiento a que estaba siendo sometida. Alguien tendría que darle una explicación de lo que estaba sucediendo. La luz que entraba a través de las ventanas la cegaba un poco: era demasiado brillante afuera. Se puso en pie y con trabajo logró correr las cortinas. Todo volvió a estar en penumbras. Al rato su nuera vino a la sala.

—No entiendo por qué Albert corrió las cortinas antes de irse? ¡No soporto la oscuridad!

—¿Tú te crees la dueña de la casa porque eres la esposa de mi hijo? ¡Aquí la dueña soy yo!

Le molestó mucho que la tratara con tanta indiferencia. La fulminó con la mirada.  Pero no dijo nada más. Transcurrieron unos días y ya no estaba molesta, estaba en verdad llena de ira porque su nuera seguía empacando sus cosas y ella, por supuesto, poniéndolas de vuelta. Hasta que un día su nuera visiblemente afectaba le gritaba a su hijo que se iría de la casa porque no soportaba más lo que estaba sucediendo ahí. Alguien le estaba jugando una mala pasada.  Muy dolida salió a la calle deseosa de ir a algún lugar donde pudieran explicarle lo que estaba sucediendo. Pero al parecer no había respuestas, todo el que se encontraba eran compañeros de escuelas, familiares y conocidos ya fallecidos que caminaban de un lado al otro como si nada les importara o como si estuvieran esperando por algo. Le daban una bienvenida fría, apenas sin mirarla y seguían con su recorrido. Más confundida aún volvió a su casa y muy asustada, ¿por qué todos estaban muertos? La puerta estaba de par en par como la había dejado. Su hijo y su nuera estaban enfrascado en la misma discusión. Sin decirle nada, sin contar con ella decidieron un mes después vender la casa. Eso la terminó llenando de cólera. Lo menos que podían hacer era dejarles saber, o pedir su opinión.

—Jamás me moveré de mi casa. Ustedes se van solos. Yo aquí me quedo —les gritó.

Unos meses después para su sorpresa y dolor unos nuevos dueños entraban a su casa, violaban su espacio y su privacidad, desestabilizando su tranquilidad, usurpando sus derechos. Eso la desquició de dolor. Una vez que ellos estaban dentro cerró la puerta de la sala con mucha rabia. Ese brillo de afuera seguía molestándole, y nadie se percataba de eso.

—Insolentes —gritó fuera de sí.

—Julio, no tires la puerta así, amor.

—Yo no he tirado nada. Se cerró sola… ¿Por qué me llamaste insolente?

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