Las que aprendieron a usar los silencios como escudo.
Candela no es una historia aislada.
Es una historia de la vida real.
Cuando la conocí, decidí escribirla con rabia, con ternura, con la herida aún abierta.
No es una historia sobre prostitución.
Es una historia sobre poder, sobre las cicatrices que no se ven, sobre lo que muchas mujeres han tenido que hacer —no por placer, sino por necesidad, por miedo, por hambre—, y de cómo, aún así, siguen siendo juzgadas con el dedo fácil de quienes nunca han tenido que elegir entre el cuerpo o la nada.
Candela no pide permiso para hablar.
Es la voz de todas las que fueron silenciadas.
De las que aprendieron a usar los silencios como escudo.
De las que fueron deseadas por la noche y rechazadas por la mañana.
Ella no es perfecta. No es mártir ni santa.
Pero es humana.
Y eso, en un mundo que intenta reducir a la mujer a un rol, a un cuerpo o a una culpa, es revolucionario.
Candela arde porque arde la injusticia.
Porque arde la doble moral.
Porque arden las palabras que no se dijeron… y ahora quieren salir.
—Blanca Esther Oropeza
