JAZMÍN

“Un cuento del libro Punto de Encuentros

—¡Y la volví a ver! —exclamó Tulio, y se quedó mirando fijo   hacia la glorieta del parque central.

—Ese día recuerdo que eran las once y cincuenta y nueve de la mañana. Lo sé porque él bajó la vista y miró hacia su reloj de bolsillo y dijo la hora en voz alta. Se acarició la barbilla y ladeó la cabeza; volvió a mirar el reloj y de nuevo hacia la glorieta. Yo no tenía idea por qué miraba tan seguido la hora. Estábamos sentados todos en el mismo banco, ahí nos reuníamos algunas veces a meternos mentiras y a recordar viejos tiempos. Todos estábamos ya algo viejos y, por supuesto, vivíamos alimentándonos del pasado. Siempre llegábamos él y yo primero. Luego se nos iban reuniendo más desconsolados del pueblo. Así disfrutábamos, alguna que otra vez, de unas cervecitas bien congeladas para disipar el calor. Ya solo quedé yo. El viejo Tulio y los demás partieron. Yo soy de Camagüey; creo que el viejo Ignacio era oriundo de Holguín, no estoy seguro, nunca se lo pregunté. Tulio es de Manzanillo, aunque vivió muchos años en la capital. Yo llegué hace muchísimos años, tantos que se pierden en mi memoria, siguiendo a mi mujer y aquí me quedé a vivir. Sí, Manzanillo es, sin duda, un paraíso, ubicado entre el Golfo de Guacanayabo y la Sierra Maestra, y rodeado por frondosos valles. Tulio siempre decía que también había llegado siguiendo a la mujer de sus sueños «literalmente» —así nos recalcaba. Por mucho tiempo no supe a qué se refería, hasta que se me ocurrió preguntarle. Entonces nos contó.

Ese día que decidió narrarnos sus memorias, todos escuchábamos ensimismados, bueno en realidad, algo escépticos, también para ser honesto. La verdad es que soy muy incrédulo; pero también quedé embebido con su historia. Pero Miguel lo mortificaba, diciéndole que era un paquetero.

—Oye, ¡qué te digo verdad, viejo! Sucedió exacto como te cuento.

—Mira, compadre, es que tú siempre exageras para todo — recuerdo que le dijo Miguel.

—¿No me creen? Juro por Dios que les digo verdad. —Hizo una cruz con los dos dedos índices dándole un beso para darle más credulidad a su historia—. La casa de mi primo estaba a unos dos kilómetros de la ciudad, en el medio del monte… Bueno, está todavía. No está muy lejos de aquí —recalcó—, rodeada de palmeras, cocoteros y a un costado del camino, hasta donde los ojos no alcanzaban, había plantaciones de café. Ya esa casona, nombre que mi padre siempre usó para referirse a ella, no pertenece a la familia. Ellos se fueron del país y el gobierno se quedó con ella. Pero bueno, al grano. Ese día era una locura, me refiero al día de la boda de mi primo. Las mujeres parecían hormigas de un lado al otro trabajando y preparando todo. Los hombres, por el contrario, sentados afuera en inmensos taburetes, disfrutaban de unas cervezas y conversaban en voz alta, queriendo cada uno sobresalir más que el otro. Yo, por el contrario, lo observaba todo en silencio. Alguna que otra vez, escuchaba a alguna de las mujeres cuchicheando: «Ese hijo de Samuel no habla, solo mira. ¡Es muy raro!».

»La noche antes de la boda, me fui a la cama temprano. Todos tenían su habitación asignada con una o dos camas y un catre para que pudieran dormir los invitados, que, además, eran de la familia, casi todos. Y yo soñé esa noche con todo el ajetreo de la boda. Era todo muy confuso: mucha comida, paisajes del lugar y rostros de personas se mezclaban con rapidez, y así mismo desaparecían. Entonces, por primera vez supe de ella; vi un rostro que llamó mi atención al punto que la retuve por un momento, mirándola y tratando de acercarme.

—¿A quién viste? —preguntó Miguel—. ¿Dónde?

—A Jazmín, la muchacha más hermosa del mundo. La vi por primera vez en mis sueños.

—Oh, ¿y tú pretendes qué…? —Fue a preguntar el viejo Máximo.

—¿…qué me crean? Claro que no, pero sucedió así.

—Dejen que Tulio termine, ¡hombre! —los amonesté.

—Ella no me miraba —continuó Tulio, y me agradeció con una sonrisa—. Sus ojos se paseaban por todos los que estaban en el gran salón, un salón que parecía no tener fin. Era tan inmenso, que me pareció una eternidad el tiempo que duró para que, por fin, se dignara a mirarme. Y cuando nuestras miradas coincidieron, todo desapareció a mi alrededor. Comencé a acercarme, caminando despacio, luego apresuré el paso y finalmente corrí. Sentí miedo de que se me perdiera. Cuando estuve muy cerca de ella, todo cambió. Ella desapareció, ya no estaba, se había esfumado, corrí desesperado buscándola, en mi sueño, pero no pude encontrarla.

»Después todo cambió de nuevo y yo estaba parado en este parque, mirando hacia todos lados. Las campanas anunciaban las doce del mediodía, repicaban muy fuerte; solo las campanas parecían tener vida en el lugar. Sentí mucho calor. Y sucedió lo inesperado: la vi tan bonita, sencilla, menuda, con un cuerpo de esos tan perfectos que parecen irreales. Ella sonreía y el pelo flotaba al viento y caía desorganizado sobre su rostro, salía de la glorieta y descendía por sus escaleras. Era lo más bonito que habían visto mis ojos. Esta vez, ella se acercó a mí y, cuando estábamos frente a frente, se me volvió a esfumar.

»Yo desperté con una sensación de haber tenido algo muy importante y haberlo perdido. Me levanté de la cama, sudando y fui por agua, tenía la garganta seca. ¡Ese endemoniado calor me estaba cocinando! Encendí el farol de luz brillante que tenía, en la mesa de noche, para ver la hora: eran las 12:02. «Muy extraño —pensé—, dos minutos después que en mi sueño». Claro, con la diferencia que en mis sueños era mediodía. Me acosté y traté de dormir de nuevo; pero fue en vano. La imagen de la muchacha volvía una y otra vez a mi mente. «Fue solo un sueño, Tulio, acaba de dormirte», pensé muchas veces, dando vueltas en mi cama. Por fin, creo que lo logré unas dos horas después, no sé, no recuerdo, ¡hace tantos años!

Miraba a la distancia, como perdido en el tiempo y los recuerdos. Todos nos quedamos metidos de una forma increíble en su historia, casi ni respirábamos para no interrumpir. Tulio prosiguió:

—Esa mañana me levanté, desayuné con los demás y escuché de nuevo a las mujeres que servían la mesa: «Ese hijo de Samuel no habla. ¿Han escuchado su voz? No, claro que no. Si solo observa… ¡Qué raro es!».

»A las diez de la mañana de ese domingo, salí de la casa. Caminé por el camino real que bordeaba una gran parte de los cafetales y que me llevaba al pueblo. «Maldito sol este. Parece que lo va a achicharrar todo —recuerdo que refunfuñaba—. No me quedaría en este lugar por nada del mundo. Es bonito, pero endemoniadamente caluroso.» ¡Qué ironía de la vida! Terminé viviendo acá.

»Bueno, les sigo contando. Empapado de sudor y casi desfallecido por la sed, llegué a este parque, pensando en el suplicio del retorno. Me dejé caer en un banco. Ya eran las doce del mediodía. Cerré mis ojos y mi olfato se agudizó. Un olor muy delicioso llegaba hasta mí. «Algún restaurante cercano —pensé—, huele a macho asado.» Entonces, un olor a jazmín se confundió con el olor a comida. «¿Es macho asado o jazmín?», me pregunté para mí mismo. El sol daba de lleno en mi rostro y una sombra se interpuso entre el sol y yo. «Bendita sea esa nube», murmuré con los ojos cerrados. Solo cuando escuché una voz que me hablaba supe que no era una nube: era una voz de mujer. Parecía una melodía, era como una canción de amor, era como… Todo eso lo pensaba para mi adentro… ¿saben? No quería abrir los ojos. Pensaba que el calor me tenía alucinando.

»—Señor, ¿usted desea un coco? Su agua está muy fresca. »Entonces supe que no podía estar alucinando, alguien se estaba ofreciendo a calmar mi sed. Abrí los ojos y supe, en ese instante, que los sueños se hacen realidad. Ahí frente a mí, con una sonrisa angelical, estaba ella, la muchacha de mis sueños, ofreciéndome un coco con una mano extendida hacia mí.

»Me incorporé en el banco en un segundo, sin dejar de mirarla.

Estaba atónito, no podía creer lo que mis ojos veían.

»—Usted parece tener mucha sed. —Extendió otra vez su mano, sujetando el coco—. Yo los vendo, ¿me lo compra?

»Sin dejar de mirar sus ojos, saqué el dinero y se lo di. En eso escuché unas voces que llegaban desde lejos, la llamaban en forma urgente. Ella los miró y luego a mí, de nuevo a ellos, volvió a mí y me dijo:

»—Debo irme, me llaman. »—Espera. ¿Cómo te llamas? »—Jazmín contestó apresurada. »—¿Dónde te puedo encontrar, Jazmín?

»Ella solo sonrió y salió corriendo a reunirse con ellos, sin darme tiempo a reaccionar. Se perdió entre la gente, como si se volviera a esfumar. Yo me tuve que regresar para la boda y por más que la busqué, no la volví a ver. A los dos días me regresé para la capital.

—¿No la viste más? —preguntó el viejo Miguel en tono apesadumbrado.

—Yo me casé en la Habana. No volví hasta veinticinco años después. Cuando la soñé y la conocí, yo tenía solo diecinueve años. Esa vez, volví al punto de partida de todo: a este parque; el lugar que me reveló mis sueños, una y otra vez. Ya mi esposa había muerto; padecía del corazón y un día el pobrecito ya no pudo aguantar más.

»Para ese entonces, se casaba el hijo mayor de mi primo. Esa vez no estaba sediento, a pesar del endemoniado calor, y venía conduciendo mi Chevrolet. Nada había cambiado mucho, solo la glorieta había sido remodelada. Esta se levantaba, majestuosa, engalanando este lugar como la vemos ahora. En ese instante, todos mis sueños se volvieron a hacer realidad. Ya no era la muchachita que me había ofrecido un coco de agua fresca, pero si una mujer muy hermosa, que vestía de hilo blanco. Su pelo sobre los hombros y su vestido flotaban como una bandera enarbolada al viento. Ella guiaba a un grupo de turistas, le mostraba las bellezas y contaba la historia de la glorieta. La reconocí al instante, corrí hacia ellos y me hice paso hasta llegar a ella. Jazmín me miró a los ojos y sonrió. Entonces, el sol y yo nos reconciliamos. Me había reconocido ella también.

—¿Y después qué?, ¿qué pasó después? —preguntó ansioso Miguel.

—Bueno, fue un romance muy hermoso. Yo era viudo, pero ella estaba casada. Fue muy difícil para los dos decidir lo correcto. Creo que no supimos esperar. Siempre me recriminé haber vuelto para La Habana, debí quedarme a buscarla cuando la vi por primera vez. Pero ¿quién se iba a imaginar? A esa edad, no se piensa mucho. Y al final, después que me retiré, me vine para acá. Manzanillo tenía muchos recuerdos para mí. Supe que ella había muerto hacía muy poco. ¡Era tan hermosa! La más hermosa de todas. Usaba siempre ese perfume con olor a jazmín.

Tulio miró de nuevo el reloj y suspiró.

—A esta hora, siempre puedo oler su perfume. Ese olor a jazmín me acompañará hasta el día que cierre mis ojos y pueda reunirme con ella. ¡Quién sabe! A lo mejor allá podremos ser felices. Entonces, entendí por qué siempre estábamos en el mismo lugar y a la misma hora, y por qué Tulio miraba el reloj con tanta impaciencia. Esperaba que un milagro le devolviera a la muchacha de sus sueños. Espero que allá, en el Cielo, se hayan reunido. Ese era su deseo.

—Muy bonita historia, abuelo. ¿De verdad crees que los sueños se vuelven realidad?

—Sí, preciosa. Si cierras los ojos con fuerza y lo crees con todo tu corazón, claro que se vuelven realidad. —Ummm… Si tú lo dices, yo lo creo, abuelo.

Blanca Esther Oropeza es escritora cubana, narradora, poeta y autora de varias novelas y colecciones de cuentos. Jazmín forma parte de su libro Punto de Encuentros, donde recopila historias humanas llenas de nostalgia, ternura y revelaciones.

"Escena inspirada en el cuento Jazmín de Blanca Esther Oropeza"

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