A veces, los caminos perdidos conducen a encuentros que no se pueden explicar.
Había planificado hasta el último detalle de sus vacaciones. ¡Tenían que ser las mejores!
Después de años de estudio y trabajo simultáneo para graduarse como ingeniera civil, por fin podría disfrutar de un merecido descanso. Sus padres, orgullosos, le habían regalado el viaje como premio.
Había escuchado tantas veces hablar del mar… y nunca lo había visto.
Estaba emocionadísima. ¡Había llegado el momento tan anhelado!
Cuando regresara, se dedicaría a buscar trabajo, pero ahora el plan era disfrutar.
Manejaba su viejo Pontiac mientras reía feliz, tarareando una canción de la radio. Ya había recorrido gran parte del trayecto cuando decidió hacer una breve parada en un pequeño lugar a la orilla del camino: tenía hambre. A juzgar por los únicos dos vehículos estacionados —una camioneta y un auto pequeño—, el sitio estaba casi vacío.
Entró entusiasmada. Era un lugar sencillo, pero limpio y pintoresco. Lo recorrió con la mirada antes de sentarse y ordenar algo de comer. Solo había dos personas más. Cuando terminó, pagó y, antes de irse, preguntó:
—¿Podrían decirme cómo llegar a Bello Mar, por favor?
—Sí. Cuando regrese a la carretera, siga hasta ver el primer camino a su derecha —le indicó el camarero—. Tómelo, pero tenga cuidado: más adelante se divide en dos. Siga recto, no tome el que tiene forma de “ele”. Y tenga cuidado, ya está oscureciendo y pueden aparecer animales en el camino.
Ella agradeció, convencida de haber entendido bien, y salió. Minutos después vio la señal que indicaba su desvío a la derecha y, como le dijeron, tomó el siguiente camino. Pronto se encontró con una bifurcación, pero no había señal alguna que indicara cuál dirección seguir.
«¡Oh, no! ¿Y ahora qué camino tomo? ¿Por qué no hay una señal? ¡Esto es una locura! ¿Habré entendido mal? Pero decía “a la derecha”. Tomaré ese. Me imagino que a eso se refería el camarero. Si fuera el otro, tendría una señal.»
Decidida, giró a la derecha y avanzó durante largo rato sin encontrar otra salida. La noche se cerró por completo, y lo único que podía ver era lo que iluminaban los faros del coche. Empezó a inquietarse, pero pensó que detenerse en medio de la nada sería aún peor.
Apagó la música; no la ayudaba a pensar con claridad. Quería concentrarse. De pronto, un sonido extraño surgió del motor y la sobresaltó. El auto comenzó a traquetear. Miró el tablero: la aguja de la temperatura estaba peligrosamente alta. Segundos después, humo comenzó a salir por los lados del capó.
—¡Oh, no! ¡Esto no puede estar pasándome! —gritó, golpeando el timón como si fuera culpable de su desgracia.
Respiró hondo, se armó de valor y bajó a revisar. Para su sorpresa, se dio cuenta de que había llegado al final del camino. No había salida. Solo maleza.
—¿Será posible? ¿Cómo pude equivocarme de esta manera? —murmuró, nerviosa.
Con pasos inseguros, regresó al coche y lo cerró con llave.
—Tendré que esperar a que amanezca y regresar caminando. Pero aún faltan muchas horas… Son apenas las ocho y diez.
Miró a su alrededor. No distinguía nada. Solo oscuridad cerrada. Por primera vez, sintió miedo. Mucho miedo.
Pasó una hora dentro del auto, tratando de pensar qué hacer, sin otra opción que esperar. De pronto, una luz tenue apareció a lo lejos a través del retrovisor. Se duplicó, y pronto iluminaba por completo su auto. Era otro coche.
Sintió pavor. Comenzó a sudar. Unos toques en la ventanilla la hicieron estremecerse.
—¿Está usted en dificultades, joven?
—¡Váyase! No necesito ayuda. ¡Yo sola puedo!
—No le voy a hacer daño. Solo deseo ayudarla —dijo una voz masculina, afable.
—¿Cómo puedo saberlo?
—Si quisiera hacerle daño, solo tendría que romper el cristal de su ventana.
—¡No se atreva! Tengo un arma.
—No sea infantil. Abra la puerta… o al menos el capó, para revisarlo.
Con cuidado, haló la palanca del capó y vio al hombre caminar hacia el frente del vehículo. Luego regresó.
—Baje el cristal. Necesito explicarle qué tiene el auto y qué vamos a hacer.
—Puedo esperar a que amanezca.
—No, señorita. Aquí no puede quedarse sola. Es peligroso.
Bajó el cristal con temor. Una brisa suave, inusual para la época del año, acarició su rostro.
—El radiador está arruinado —le explicó—. Así no podrá continuar.
—Ya lo sé. Echaba humo por todas partes.
—¿Qué hacía por aquí? Este camino es ciego. Solo lleva a unos manglares y un pantano.
—¿Pantano?
—Sí. Ahora iremos al tractor. El único lugar seguro es mi casa. Mañana temprano remolcaré su auto al taller del pueblo.
—¿Su casa? ¿Vive con alguien?
—Sí. La doméstica vive conmigo. Y ya le dije: no le haré daño. Soy un hombre serio.
Ella pidió recoger sus cosas del maletero. Él se encargó de todo y luego la ayudó a subir al tractor.
Durante el trayecto, Ivonne se debatía en sus pensamientos:
«No puedo creer que esté sobre este monstruo de máquina, con un desconocido que apareció de la nada. ¡Debo estar loca! ¿Cómo fue que todo salió mal? ¿Y si no se hubiera roto el auto? ¿Habría terminado en ese pantano? ¿Y él… de dónde salió? ¿Cómo supo que yo estaba aquí?»
Él no hablaba. Manejaba en silencio. Veinte minutos después, tomaron un camino aún más oscuro. A lo lejos, una casa de piedra y tejas, iluminada suavemente, apareció en medio de un jardín inmenso. Faroles encendidos revelaban plantas, flores y una atmósfera apacible.
El hombre descendió del vehículo, la ayudó a bajar y la condujo al interior.
—Imagino que tiene hambre. Pronto estará lista la cena. Voy a avisar a Estela que prepare otro cubierto.
Pudo verlo por primera vez. Era alto, robusto, algo tosco. Pelo claro, ojos oscuros.
—No te preocupes —dijo al regresar—. Tu auto está en buenas manos. Mañana estará listo.
—¿Cómo se llama?
—Raphael.
—Gracias por su ayuda. Mi nombre es…
—Ivonne.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Creo que me lo dijo… cuando la encontré.
—¡No! No se lo dije.
Él insistió en que sí. Luego agregó:
—Yo estaba en la taberna cuando usted pasó a comer algo.
Eso la descolocó. Estaba segura de que en el lugar solo había dos personas. Él no era una de ellas.
Se sentaron a la mesa. Raphael, con gesto caballeroso, le acercó la silla. Estela, la doméstica, sirvió la cena. Todo era sencillo, pero el aroma era exquisito. Oraron antes de comer. Luego, sin previo aviso, comenzaron a cantar.
Las voces eran etéreas, angelicales. Ivonne no podía creer lo que escuchaba. Sintió una paz inmensa, como nunca antes.
Media hora después, Estela la llevó a una habitación. Durmió como una niña. Al despertar, la luz del sol entraba a raudales. Fue al baño, se arregló y salió en busca de sus anfitriones.
No había nadie.
Sin embargo, la mesa del desayuno estaba servida con frutas, jugos, café y panecillos. En su puesto, una nota decía:
“Sírvete de desayunar lo que desees. El auto está afuera, esperando por ti. Todo es más fácil a la luz del sol. Feliz viaje.”
No estaba firmada.
Desayunó. Luego salió y vio su auto listo frente a la casa. Pero no había señales de nadie. Ni una hoja se movía, aunque el aire acariciaba su rostro.
«De regreso pasaré a agradecer. Fue muy amable.»
Una semana después, regresó al lugar.
No había casa. Solo un valle lleno de flores silvestres.
Confundida, volvió al camino principal. Estaba segura del sitio. Dio vuelta y regresó.
Nada. Solo flores. Silencio. Vacío.
—Iré al pueblo. Alguien debe saber —se dijo.
Llegó a un taller mecánico. Era el único en los alrededores. Nadie recordaba su auto. El dueño, un hombre de sesenta años, le mostró los registros: no había constancia de su vehículo.
—¿Quién dice usted que trajo su auto aquí?
—Un hombre llamado Raphael.
—No conozco a nadie con ese nombre.
Ella le pidió que la acompañara al sitio. En el camino le explicó todo. Al llegar, él observó el lugar con escepticismo.
—¿Aquí dice que había una casa?
—¡Sí! ¿Usted cree que estoy loca? Aquí me trajo él, después que mi auto se averió.
—Mire… aquí nunca ha existido ninguna casa. Este valle siempre ha sido así. Le llamamos Pedazo de cielo. Algunos dicen que han visto ángeles. Yo no. Pero casa, jamás. El pantano sí existe, pero el camino está bien señalizado desde hace años.
—Yo no vi ninguna señal.
—Usted no la vería… pero está. Todo esto es muy extraño.
Ella no insistió más. Regresó a casa. Por siete meses no dejó de pensar en lo ocurrido.
“¿Acaso fue un ángel? Nunca he creído en eso… Pero ¿qué otra explicación hay?”
Ese día tenía una entrevista. Llegó a tiempo. Fue aprobada de inmediato.
—Felicidades —dijo la encargada—. Aunque sin experiencia, me agrada. Pero trabajará con mi hijo. Debe aprobarla él. Espere un momento.
La puerta se abrió cinco minutos después.
Ivonne se quedó helada.
—¿Usted? ¿Es usted Raphael?
—¿Nos conocemos? No la recuerdo. Le aseguro que no la olvidaría.
La miró fijamente.
—Desde hoy trabajaremos juntos. Ya veo que sabe mi nombre. ¿El suyo?
—Ivonne.
—Muy bien, Ivonne. Está contratada. Almorcemos juntos. Quiero conocerla mejor.
Le ofreció la mano, le cedió el paso, y ella, aún sin entender lo imposible, pensó:
«Desde hoy empiezo a creer en los ángeles.»
Blanca Esther Oropeza es escritora cubana, narradora, poeta y autora de varias novelas y colecciones de cuentos. Pedazo de cielo forma parte de su libro Punto de Encuentros, donde recopila historias humanas llenas de nostalgia, ternura y revelaciones.
