Agnes
Cuento corto
Agnes estaba sentada en la sala de su casa. Se sentía un poco susceptible. Observaba cómo su familia caminaba de un lado a otro sin prestarle la menor atención.
«Cómo cambian los tiempos», pensó. Antes no era así. Recordó que cuando sus padres eran ancianos, ella los cuidó con esmero y amor. Aún era joven, no necesitaba la atención total de su hijo ni de sus nietos, pero le habría hecho feliz que, de vez en cuando, la miraran… que, al menos, le sonrieran.
Se levantó de su silla de ruedas, que usaba desde hacía algunos años. Le alegró lo fácil que le resultaba ponerse de pie últimamente. Caminó hasta el gran espejo colgado en el pasillo, sobre una consola decorada con un hermoso arreglo floral y varias fotos suyas, de distintas etapas de su vida. Se miró: estaba hermosa, parecía tener apenas veinticinco años.
Pensó que debía tener más… pero los espejos no engañan, se dijo. Además, la imagen de una de las fotos coincidía con la que el espejo le devolvía. Otras eran de una mujer mayor que no reconocía. Se tocó el rostro y suspiró.
Volvió a sentarse. Vio entrar a su hijo con un periódico bajo el brazo. Él llamó a su esposa y le mostró algo. Agnes observó cómo la nuera abría una gaveta de la mesita donde estaban las fotos y sacaba una tijera. Recortó algo del periódico y se lo entregó. Él lo leyó y quedó pensativo.
La esposa regresó a su cuarto. Él, entonces, recibió una llamada al celular, dejó el papel sobre la mesa y llamó a sus hijos para llevarlos a la escuela. Agnes, curiosa, se puso de pie, tomó el papel y regresó a su silla. Comenzó a leer.
Sus ojos se agrandaron: no podía creer lo que leía.
Era el obituario.
Y ahí estaba su foto.
¿Cómo era posible? Debía haber un error. Ella no estaba muerta.
Lo leyó completo, y mientras avanzaba, su asombro crecía. Todo lo escrito sobre su vida era cierto… excepto la parte donde decía que había muerto. Quiso aclarar el malentendido de inmediato. Se levantó y fue al cuarto a enfrentar a su nuera. Tenía que explicarle qué estaba pasando.
Tocó la puerta. Nadie respondió. La abrió con delicadeza, pero no había nadie. La buscó por toda la casa hasta que la encontró en su habitación, organizando cajas con sus pertenencias.
¡Las suyas!
Le habló. No recibió respuesta. Le reclamó. Nada. Tendría que esperar a que su hijo regresara.
Una hora después, lo vio entrar. Fue a su encuentro. Le exigió explicaciones, como había hecho con su esposa, pero recibió el mismo trato humillante: su hijo la ignoró por completo. Ni siquiera la miró.
¿Sería posible que en el fondo realmente desearan su muerte?
Entonces escuchó la voz de su hijo:
—Amor, ¿tomaste el recorte de periódico donde está el obituario de mamá?
—No —respondió la esposa desde el cuarto—. Lo dejaste sobre la mesa del comedor.
Él fue a buscarlo. No estaba donde ella había dicho. Miró a su alrededor y notó que el recorte estaba ahora bajo el florero, sobre la mesa del pasillo.
—Esta mujer está loca… cambia las cosas de lugar y luego no se acuerda —murmuró.
Se fue con el recorte en la mano. Agnes, sentada en su silla, esperó a que llegara la noche. Observó cómo se movían por la casa, acomodaban cajas con sus cosas cerca de la puerta. Luego, todos se sentaron a comer frente a ella.
¡Ni siquiera le ofrecieron comida!
No tenía hambre, pero al menos debían tener la cortesía de invitarla. ¡Cuánto habían comido de lo que ella les cocinó!
—¿Qué vas a hacer con las cosas de mamá? —preguntó la esposa.
—Las voy a donar a su iglesia.
—Me parece bien —dijo él—. ¿Ya llevaste la silla de ruedas?
—Sí. Fue lo primero. Ocupaba demasiado espacio.
—¡Ustedes no contaron conmigo! —exclamó Agnes—. ¿Me van a decir con qué me voy a vestir yo?
Estaba indignada. ¡Seguía en su silla de ruedas!
Los niños corrían, hacían ruido. Nadie respetaba nada.
—¡Niños malcriados! En mis tiempos había más respeto…
Pero la ignoraron nuevamente.
Esa noche, cuando todos dormían, volvió a colocar sus cosas en su lugar. Al amanecer, fue a sentarse a su silla a esperar que se levantaran.
Recordó cómo antes ayudaba con el desayuno. Pero un día ya no encontró los utensilios, ni la cocina, ni el baño… ¡Todo había sido cambiado de lugar!
Se sintió perdida.
Desde entonces la apartaron. Ya no le permitían hacer nada. Y desde su silla, observaba cómo el mundo seguía sin ella.
—¿Por qué volviste a poner las cosas de tu mamá en las gavetas? Ayer me costó empacarlas —gritó su nuera desde el cuarto.
¡Eso fue demasiado!
—¡En mi ropa mando yo! —dijo Agnes—. ¡¿Qué se cree ella?!
—¿Yo? ¡Yo no he tocado nada! —respondió su hijo desde la mesa.
—¿Cómo que no, Albert? ¡Moviste hasta las cajas!
—¿Te estás volviendo loca? —replicó él—. Yo no toqué nada.
Se levantó, apuró a los niños y salieron de la casa.
Agnes, dolida, volvió a sentarse. Ya no era tristeza… era ira. La estaban aislando, ignorando, como si no existiera.
La luz entraba por la ventana. Demasiada. Se levantó y corrió las cortinas.
Todo volvió a estar en penumbras.
Un rato después, su nuera vino a la sala.
—¿Por qué Albert corrió las cortinas antes de irse? ¡No soporto la oscuridad!
—¿Tú te crees la dueña de esta casa solo por ser la esposa de mi hijo? ¡Aquí la dueña soy yo!
La miró con desprecio. La fulminó con la mirada. Pero no dijo más.
Pasaron los días. La rabia crecía. Su nuera seguía empacando sus cosas; ella, volviéndolas a poner. Hasta que un día, la mujer, visiblemente alterada, le gritó a su esposo:
—¡Me voy de esta casa! ¡No soporto más estas cosas extrañas! ¡Alguien me está jugando sucio!
Agnes, destrozada, salió a la calle. Buscaba respuestas.
Pero no las encontró.
Solo veía gente caminando como si nada: compañeros de escuela, familiares, conocidos. Todos muertos. La saludaban con frialdad y seguían su camino.
Volvió a casa aterrada.
Todo seguía igual. Su hijo y su nuera discutían.
Y, sin contar con ella, un mes después decidieron vender la casa.
Eso fue la gota que colmó el vaso.
—¡Jamás me iré de mi casa! ¡Ustedes se van solos! ¡Yo me quedo aquí! —gritó Agnes, llena de furia.
Meses más tarde, llegaron los nuevos dueños. Violaban su espacio, su privacidad, su memoria. Eso la desquició de dolor.
Cuando entraron, ella cerró la puerta con rabia.
La luz exterior seguía molestándole. Nadie parecía notarlo.
—¡Insolente! —le gritó al hombre, fuera de sí.
—Julio, no cierres la puerta así, amor.
—Yo no la cerré… se cerró sola.
¿Y por qué me llamaste insolente?

PUEBLO OLVIDADO
El autobús se detuvo en un pequeño pueblo para que los pasajeros pudieran comer algo.
Annia bajó junto a los demás; algunos se dirigieron a los baños, otros tomaron asiento para almorzar. Ella se acercó a la barra y le preguntó a uno de los dependientes por un teléfono. Él señaló con la mano. Habló durante unos cinco minutos. En lugar de quedarse a comer, salió del acogedor restaurante y caminó por la calle.
Era un pueblo pintoresco, con una sola calle central donde se alzaban el restaurante, un mercado, una gasolinera y otros pocos establecimientos. Miró a su alrededor: se divisaban montañas nevadas y un hermoso lago; a la salida del pueblo, un monasterio. «Creo que me va a gustar este lugar», pensó, sonriendo con aprecio.
Frente al restaurante había una barbería. A través de las vidrieras vio cómo un barbero afeitaba a un hombre corpulento mientras conversaban animadamente. El hombre, al verla reflejada en el espejo, giró de pronto en su asiento, dejando al barbero con las manos en el aire. La miró directamente. Pese a su aspecto rudo, sus ojos transmitían calma. Ella sostuvo la mirada un instante y siguió su camino.
Las montañas se alzaban majestuosas, cubiertas de nieve, contrastando con el verde del paisaje. Las casas, de piedra y madera, con grandes chimeneas y techos de tejas marrones, bordeaban la calle principal. Al llegar a una esquina, vio una heladería que rompía con la estética del lugar: decorada con pinturas de helados de colores y confetis. La dependienta limpiaba sin mucho afán.
—Hola —saludó Annia.
—Hola —respondió la muchacha con una sonrisa, deteniendo su labor—. ¿Viniste en el autobús?
—Sí. ¿Cómo lo sabes?
—No eres del pueblo, y solo ha llegado un autobús.
—¿Sabes si hay algún lugar en renta?
—Hay un hotel dos cuadras más adelante, aunque dudo que esté lleno. Aquí no viene mucha gente, salvo quien busca esquiar —dijo, sonriendo con sarcasmo.
—No me refiero a un hotel. Quiero un lugar para vivir.
—Ah… En realidad no lo sé. Bueno, sí… creo que la señora Smith estaba rentando o vendiendo su casa. Se iba con su hijo a la ciudad, no sé si por un tiempo o para siempre.
—¿Dónde puedo verla?
—Debe estar en la iglesia.
En ese momento entró una niña de unos diez años, de ojos azules y trenzas rubias.
—Hola, Alison, ¿cómo está tu tío? —preguntó la dependienta.
—Hola, Betty. Quiero un helado —respondió, ignorando la pregunta.
—Claro, corazón.
La niña miró a Annia con curiosidad.
—Hola. No te había visto antes. ¿Eres nueva?
—Estoy de paso —respondió—. Vine en el autobús que llegó hace unos minutos. ¿Sabes dónde está la iglesia?
—¡Claro! —respondió la niña, como si fuera obvio.
—Necesito encontrar a la señora Smith. ¿Me llevarías?
—¡Por supuesto! —exclamó con entusiasmo—. Pero ella no está en la iglesia, sino en el monasterio. ¿Eres familia?
—No, quiero rentar su casa.
La niña abrió los ojos con sorpresa.
—¿Tú quieres vivir aquí?
—Es bonito, ¿no crees?
—Sí, pero es aburrido. ¿Cómo te llamas?
—Annia. Escuché que tú eres Alison.
—Sí. ¡Mira! —señaló—. Ese es tu autobús. Ya se fue.
—No me importa —dijo con calma—. Me gusta este lugar. Cualquier sitio es bueno para mí.
—Ya llegamos. Si no conoces a la señora Smith, yo te la muestro. Es muy buena, aunque muy viejita. Las hermanas Mary y Lorena la cuidan hasta que su hijo venga por ella.
Entraron al monasterio. Dos horas después, tras ser agasajada con cena y preguntas, ya era parte del pueblo.
Pasó una semana desde su llegada. Cada tarde, Annia se sentaba junto a la ventana a pintar. Siempre veía a la niña pasar con un ramito de flores en la mano. La saludaba con una sonrisa y una seña, y ella respondía antes de seguir su camino. Un día, intrigada, decidió seguirla. La vio llegar al pequeño cementerio, arrodillarse junto a una tumba, conversar con ella, y limpiar con dedicación las hierbas que crecían allí.
Se acercó, tratando de no hacer ruido, pero la niña la notó.
—Lo siento —dijo Annia—. No quise interrumpir. Solo me ganó la curiosidad.
—Está bien. Ven —dijo la niña, tomándola de la mano—. Aquí está mi mamá.
—Oh… lo siento. No sabía.
—Murió cuando me tuvo. Por eso vengo todos los días. Le hablo, le doy flores y le agradezco que me dio la vida. ¿Tienes mamá?
—Sí… pero no nos llevamos bien.
—¿Por qué?
—Somos muy parecidas, de carácter fuerte. Ella siempre quiso decidir por mí. Hasta intentó elegir con quién debía casarme.
—Ah… ya entiendo. ¿Y no la vas a ver más?
—No lo sé… Fueron muchas cosas, pero ella tuvo mucho que ver en que yo me fuera.
—¿Y si un día quieres hablar con ella y ya no está?
Annia no supo qué decir. La reflexión de la niña le tocó el alma. Pensó en todo lo vivido con su madre: las peleas, el control, la distancia. Pero también pensó en lo que podrían perder.
—Tienes razón. Creo que la llamaré. ¿Te gustaría cenar conmigo el sábado?
—¡Sí! ¿Puedo llevar a mi tío?
—Por supuesto.
Esa semana, mientras terminaba su cuadro, llamó a su madre. Le dijo dónde estaba. El sábado por la mañana limpió y arregló la casa. Aún era temprano cuando tocaron la puerta.
Abrió… y no podía creerlo: su madre estaba ahí, elegante, con su aire de siempre.
—¿Me invitas a pasar, o me dejas aquí todo el día?
—¡Madre! ¿Qué haces aquí?
—Me diste la dirección. Vine a ver cómo vives. Este lugar es… peculiar, pero si ahora pintas, supongo que no diré nada.
Revisó la casa mientras hablaba sin parar, hasta que se detuvo frente a ella.
—¿No dices nada?
—Solo que te quiero mucho… y me alegra que estés aquí.
Su madre se sorprendió. Se acercó y la abrazó.
—Yo también te quiero.
—¿Dónde me acomodo? Me quedaré unos días.
—Claro, te muestro tu cuarto.
Tocaron a la puerta. Era Alison y su tío. Él era el hombre que Annia había visto en la barbería. Se saludaron con cordialidad.
—Hola, Danielle —dijo la niña.
—Hola, preciosa —respondió. Luego, a Mark—: Me gustaría que se quedara a cenar.
—Será un placer —respondió él—. Mi sobrina dice que eres pintora.
—Sí… es mi pasión.
—Soy Mark —le ofreció la mano.
—Mucho gusto. Soy Annia.
La cena fue un éxito, según palabras de su madre.
Dos semanas después, su madre llegó de la calle, sonriente.
—¡Este pueblo me está gustando! Hoy tenemos una reunión con las mujeres del pueblo. Tú enseñarás pintura y yo… —hizo una pausa al ver la cara de su hija—. Está bien. ¿Me ayudarías?
—¿En qué planeas ayudar tú?
—A enseñarles a invertir. Este es un pueblo ganadero, pero pueden lograr mucho más.
Annia, sorprendida, la miró.
—¿Lo dices en serio?
—¡Claro! ¿Desde cuándo me ves de parlanchina?
—Me gusta tu idea. Vamos.
El Padre Lawrence ya les había dado su bendición. Con el tiempo, el pueblo floreció. Mujeres y hombres se unieron a los talleres, y el lugar comenzó a cambiar.
Cinco años después, madre e hija tomaban café. Annia le tomó la mano, emocionada.
—Madre, estoy feliz. Todo esto ha sido posible gracias a ti… y a Mark, claro.
—Y a Alison —agregó su madre—. Ella fue el primer eslabón.
—Y pensar que te casaste con su tío. ¡La altiva señora La O con un ganadero!
Su madre escupió el café de la risa.
—Nada —dijo Annia, riendo—, que en cuestiones de amor… y vacas… nada está escrito.
Ambas estallaron en carcajadas.

COMO CADA ABRIL
Una historia de amor tan perfecta… que solo pudo ser irreal
La vio sentada en la parte de atrás del autobús. Apenas podía distinguir su rostro en la penumbra, pero sentía su mirada clavada en él. Decidió acercarse y se sentó justo frente a ella. La muchacha no se inmutó, ni intentó evitar el contacto visual; simplemente le respondió con una sonrisa pícara, como si supiera exactamente el efecto que estaba provocando.
La tenue oscuridad del vehículo no le permitía descifrar del todo sus facciones.
«Tendré que esperar hasta la próxima parada —pensó—. Ahí encenderán las luces y podré verla con claridad».
Lo poco que alcanzaba a distinguir le bastaba para tener algo claro: sus ojos brillaban con una intensidad inusual, casi sobrenatural.
—Me llamo Sebastián —se atrevió a decir—. Sé que es presuntuoso, pero una mujer como usted merece un saludo, aunque apenas pueda ver mi cara.
—¿Por qué? —respondió ella.
No esperaba esa voz: era terciopelo puro. Suave, melodiosa, hipnótica. Antes de poder contestarle, el autobús pasó frente a unas vallas luminosas. Fue solo un instante, pero todos los colores del mundo se reflejaron en su rostro. No pudo pronunciar palabra: jamás, en sus 38 años, había visto una criatura semejante.
—Pensé que los ángeles solo vivían en el cielo —dijo.
Otro destello, otra punzada. Su estómago no tenía mariposas: tenía caballos salvajes galopando con furia. Ella sonrió. Una sonrisa blanca, perfecta, como una hilera de perlas pulidas. En ese instante, Sebastián supo que quería besar esos labios como nunca antes había querido nada.
Cuando se puso de pie, pensó que la diosa de todas las diosas había decidido, esa noche, subirse a un autobús de mortales. Temió que se le escapara. Y la siguió.
—¿Vive usted por aquí o simplemente no quiere perderme de vista?
La pregunta lo desarmó. El deseo le ardía bajo la piel. No sabía qué decir. Ella ladeó la cabeza como una invitación. Y él, sin dudarlo, caminó a su lado.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, al fin.
—Gracia.
Claro. No podía llamarse de otro modo. Era un milagro.
—¿Quieres subir? —le dijo, al llegar a su casa.
—Sí.
Le tomó la mano. Era la mano más suave del universo. Subieron. Ella sirvió dos copas de vino, caminando como si flotara, con un vestido rojo que se movía al compás de su cuerpo. Bebieron mirándose a los ojos. Luego la besó. La noche los envolvió en una pasión que quemaba la piel y el alma al mismo tiempo.
Sebastián vivió mil muertes dulces y otras tantas resurrecciones. Se perdió en su piel, en su voz, en su forma de amarlo. Era fuego, delirio, locura. Cuando amanecía, creyó haber dormido apenas unos minutos. Y ella ya no estaba. Solo quedaba una nota:
“Este fue tu abril”.
Quiso entender. ¿Una promesa? ¿Una despedida? Decidió regresar por ella en la tarde. Quería decirle que ya no sabía vivir sin sus labios, sin su perfume.
Volvió a su casa, tocó la puerta con ansiedad. Le abrió una anciana.
—¿Está Gracia? Dígale que Sebastián vino.
La mujer lo miró con una expresión difícil de descifrar.
—Señor… Gracia murió hace veinte años.
—¿Qué dice? ¡Eso no es posible! Yo estuve con ella anoche, aquí mismo.
—Sí. Ella era mi hija. Murió en un accidente de autobús. Lo siento.
La puerta se cerró. Sebastián quedó paralizado. Detrás, escuchó:
—¿Sucedió de nuevo?
—Sí. Como cada abril.
—¿Y la cama?
—Deshecha. Su perfume lo llena todo. Las copas siguen ahí, a medio beber.

LA GALERIA DE HONOR
Por obligación, Dalila tenía que cruzar de lunes a viernes por el mismo pasillo. De un lado, había una sala de recreación donde los residentes de la facilidad —personas de la tercera edad— se sentaban a tocar el piano, a armar un rompecabezas que siempre esperaba por alguna mano dispuesta a colocarle una pieza más, o, sencillamente, a mirar hacia el pasado. Los que podían. Los que no… se perdían en su propio mundo.
Al frente había una salida, y seguido, el departamento de terapia. Justo enfrente de este, un espacio solemne: la Galería de Honor, donde colgaban las fotografías de los veteranos de diferentes guerras que alguna vez caminaron por esos mismos pasillos.
Siempre se detenía a contemplar la misma imagen, esa que guardaba la devastadora caricia del tiempo. Sin embargo, el hombre que aparecía en ella siempre era el mismo: intacto. El tiempo implacable no lo había tocado. Era alto, apuesto, y vestía un uniforme de gala de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos: saco oscuro perfectamente entallado, camisa blanca inmaculada y una corbata negra que acentuaba la rectitud de su porte. En el cuello, las insignias «U.S.» brillaban con el orgullo de una nación, y sobre el pecho izquierdo, las alas plateadas de piloto parecían contener el eco de los cielos que surcó.
Pero no era solo el uniforme lo que imponía. Era la manera en que lo miraba. Directo. Sereno. Con una mezcla de determinación y melancolía apenas perceptible. Como si supiera que alguien, en un futuro incierto, se detendría ante su imagen a preguntarse por la vida que llevó, por los miedos que calló, por las decisiones que no tuvo tiempo de contar.
Su rostro no mostraba soberbia, sino una dignidad profunda, como la de quien ha aprendido que la verdadera batalla no siempre ocurre en el campo, sino dentro de uno mismo.
Pasaron los días, los meses, y aquel hombre de la fotografía se le hizo necesario. Para ella ya era imprescindible detenerse, mirarlo, saludarlo. Incluso, a medida que pasaba el tiempo, conversaba con él. Lo mismo a la hora de entrada que de salida del trabajo, se detenía y algo le decía. Cuando regresaba los lunes, lo contemplaba unos minutos y murmuraba:
—Te extrañé ayer domingo, Néstor. Sabes, eres endemoniadamente guapo. Si hubiera vivido en tu época, me habría enamorado de ti. De hecho… lo estoy. Solo que nacimos con la eternidad de por medio. ¿Me habrías querido tú?
Al no tener respuesta, se dirigía a su puesto de trabajo.
La hora del almuerzo y de la comida era muy significativa para Dalila, porque llevaba a la señora que cuidaba al comedor y podía compartir con otros ancianos. Se divertía con sus historias, incluso con sus discusiones. La señora Cole y el señor Jones siempre compartían la mesa con ellas dos. Ella era una mujer muy peleona. Él, en cambio, solo sonreía y seguía contando historias de sus tiempos mozos.
Era un hombre que inspiraba, que proporcionaba mucha paz. Cuando algún otro residente se sentaba en su puesto, lo levantaba sin contemplaciones.
—¡Qué se habrá creído! Este puesto es mío, junto a esta joven hermosa —decía malhumorado. Luego se relajaba y contaba otra historia, que Dalila escuchaba ensimismada.
Así, en esa dinámica, transcurrió un año.
Ese día, Dalila estaba algo triste, sin motivo aparente. Pasó, como de costumbre, por el pasillo, se detuvo frente a la foto, le dijo que lo amaba y que le diera una señal de que, en algún lugar, él la escuchaba.
La hora del almuerzo transcurrió como de costumbre. En la hora de la comida, cuando todos degustaban una rica sopa, el señor Jones la miró y volvió a preguntarle, una vez más, cuál era su nombre.
—Ya le dije que me llamo Dalila, señor Jones… A propósito, ¿cuál es su nombre de pila?
Él fue a responder, cuando un acceso de tos lo sacudió, seguido de una rigidez. Al irse a caer de lado, ella lo sostuvo mientras pedía ayuda. Las enfermeras corrieron, le dieron los primeros auxilios, llamaron a la ambulancia.
Mientras tanto, Dalila le sujetaba la mano con fuerza. No hubo más tiempo, ni despedida. El señor Jones partió allí, delante de todos.
Una angustia la inundó. Un dolor muy grande, como cuando se pierde a un ser querido. Lo vio partir con los ojos inundados por el llanto. Se llevó la mano al pecho; esa mano que lo acompañó a cruzar el velo.
Se sentó junto a la señora que cuidaba. Cuando abrió la mano, tenía en ella las alas plateadas.
Pidió permiso un segundo y corrió al pasillo. Algo insólito la conmovió hasta casi hacerla perder el equilibrio:
El hombre de la fotografía —ese que amaba platónicamente— ya no tenía en el uniforme las alas plateadas de los cielos.
Una enfermera pasó agitada por el suceso y se detuvo un momento a agradecerle por su ayuda.
—Carol… ¿cuál era el nombre de él?
—¿Del señor Jones? Néstor. Era ese valiente que tienes enfrente.
