COMO CADA ABRIL

La vio sentada en la parte de atrás del autobús. Apenas podía percibir bien su rostro en la oscuridad, aunque podía sentir su mirada. Decidió acercarse sentándose frente a ella. La muchacha no se inmutó ni hizo nada por evadir su mirada; una sonrisa pícara fue la respuesta a esa mirada tan provocadora. La semipenumbra del autobús no le permitía descifrar las facciones en su totalidad. «Tendría que esperar hasta la próxima parada —pensó—. Ahí tendrán que encenderse y podré verla». Eso sí, por lo poco que podía distinguir tenía algo claro: sus ojos brillaban con una intensidad inusual, extraña. Bastaron pocos segundos para sentir que esa mujer se estaba convirtiendo en un enigma.
—Me llamo Sebastián —se arriesgó a presentarse—. Sé que es muy presuntuoso de mi parte, que una mujer que apenas puede ver mi rostro me conteste el saludo.
—¿Por qué? —preguntó ella.
No esperó nunca que una mujer tuviera esa voz: era como terciopelo ¡Tan suave! Pero no era solo la suavidad, sino lo melodiosa, cadenciosa y dulce…, y sucedió lo otro, lo que acabaría por dejarlo suspendido allá por las nubes, por donde vuelan los que se enamoran como bobos a primera vista: antes que él pudiera contestar, el autobús pasó por un área llena de propagandas lumínicas. Fue solo un momento, como un rayo, pero todos los colores del mundo se reflejaron en su rostro. No pudo contestar, porque no le salieron las palabras de la boca. Sencillamente nunca antes, en sus treinta y ocho años, había visto criatura como esa. Cuando pudo articular palabra, la oscuridad volvió a adueñarse del viaje.
—Pensé que los ángeles estaban solo en el cielo.
Otro lumínico, otro momento de vida, otro golpe en su estómago. Sí, porque no podían ser mariposas. Las mariposas eran delicadas y revoloteaban con suavidad, y lo que él sintió fue como un galopar de mil caballos salvajes en su estómago cuando ella sonrió y pudo ver, por un segundo, la hilera de dientes tan blancos, parejos y hermosos que se parecían a las perlas que él veía y empacaba con tanto cuidado, todos los días, ya acabadas de ser pulidas y volteadas con astillas de bambú. En ese momento supo que, sin importar razones ni consecuencias, quería besar esos labios, consumirlos con la pasión que estaba sintiendo. Otro lumínico, la vio, aún sonriendo, ponerse de pies y pensó que la diosa de todas las diosas había, esa noche, decidido subirse en un autobús de los mortales. De pronto, con un pánico que jamás había sentido se adueñó de él, al pensar que no podría verla más. La vio acercarse a la puerta para bajarse en la próxima parada. Se puso de pie y la siguió; aunque le costara la vida, tenía que acompañarla. ¡Tanta belleza en una sola mujer, valía la pena enfrentar cualquier cosa! Ella no dijo nada, solo lo miró con esa mirada enigmática y esa sonrisa de gema preciosa, y con la voz de terciopelo preguntó, en ese tono melodioso que lo volvió a suspender por las nubes, que le hizo sentir de nuevo a los caballos trotando en su estómago:
—¿Vive usted también por aquí o es que solo no quiere perderme de vista?
De un golpe lo bajó de las nubes y se silenció el trote de los caballos, porque lo que experimentó fue como si estuviera sentado en el mismo centro del cráter de un volcán en erupción. Logró sostener su mirada, por su mente pasaron las miles de formas en las que podría hacerle el amor a esa belleza que tenía a su lado.
—Yo… yo…
No podía pronunciar palabras. Bueno, en realidad no venía ninguna a su mente porque también dejó de pensar para solo sentía. Su cuerpo era puro fuego y no tenía manera de ocultarlo y esto le produjo vergüenza. Ella volvió a sonreír y ladeó la cabeza hacia los lados, algo que le pareció una invitación a seguirla. No lo pensó dos veces, estaba decidido a ir al cielo y morir cuantas veces ella lo dispusiera. Así que la acompañó. Caminó a su lado unas dos cuadras sin que ninguno de los dos hablara. Quería decir algo, pero ¿qué? Si apenas podía coordinar sus ideas. Solo sabía que caminaba hacia cualquier lugar con la muchacha más hermosa que sus ojos habían visto. Por fin, un atino de claridad vino a su mente: ¡su nombre! ¡Claro, le preguntaría, por lo menos, su nombre!
—¿Cómo te llamas? —Fue un susurro algo atropellado lo que salió de sus labios.
—Gracia.
«Claro. Era obvio. ¿Qué otro nombre podía tener ella? Si era como la misma gracia de Dios. Para ser tan perfecta, solo podía ser un milagro o un ángel» —pensó. Entonces, volvió a mirarlo con ese brillo indescriptible en los ojos. Por fin, unas tres cuadras y ella se detuvo, se volteó y sin ningún preámbulo, le preguntó:
—¿Quieres subir?
—Sí.
Lo tomó de la mano y entonces sucedió lo que faltaba; ya la había visto, la había observado, conocía ese brillo de sus ojos, de esa sonrisa anacarada, de esa voz armoniosa y rítmica, y ahora ese contacto que faltaba. Su mano era la más suave de todo el Universo y pensó que él también había causado cierto efecto en ella; así tenía que ser porque ¿de qué otra manera podía tener una mano tan fría? Sí, ella también estaba nerviosa. Subieron la escalera y cuando estuvieron frente a la puerta, la empujó y lo incitó a que entrara. Una vez dentro, se descalzó las sandalias y atravesó la sala, fue directo a un pequeño y poco surtido bar, apenas dos o tres botellas de licor, una de vino tinto y solo dos copas. La habitación estaba en penumbras y ninguno de los dos quiso alumbrarla; así se veía cómoda y acogedora. Gracia sirvió vino en las dos copas y se acercó a él. Parecía una reina caminando. «¿Caminando?—pensó él— Si caminar es moverse así, de esa manera tan suave, con tanta delicadeza…» Todo en ella cuando caminaba estaba en armonía, incluso su vestido de color rojo se movía de una forma muy sensual y elegante, al compás de su hermoso cuerpo. Le extendió la copa y los dos bebieron sin dejar de mirarse a los ojos. Él tomó la copa de ella y la colocó junto a la suya sobre la mesa, y ya después de eso solo supo que tenía en sus brazos a la criatura más bella y perfecta creada por Dios ¡Sí, porque únicamente Dios podía crear algo así! Fue una noche de esas que sobrepasan cualquier expectativa. Él no supo, hasta esa noche, qué era visitar el Cielo, ver ángeles, bajar al mismísimo infierno y sentir ese fuego que quema la piel y el alma al mismo tiempo. Experimentó que la vida se le escapó del cuerpo muchísimas veces en una sola noche y que volvía a resucitar para encontrarse de nuevo perdido en los ojos de color indescifrable de esa hembra. El corazón se le quería salir cada vez que ella se movía sobre él, unas veces suave, otras con fiereza. Pensó, por un segundo, cuando pudo pensar, cómo era posible que se pudiera morir así, él nunca había experimentado ese tipo de muerte con anterioridad. Esa muerte sabrosa, que se siente cuando se tiene entre sus brazos a una hembra con una piel tan sedosa, con una voz tan dulce y seductora a la vez, cuando le hablaba al oído y le pedía con total inhibición lo que deseaba. Estaba fascinado con esa forma de amarlo que lo enloquecía al punto de perder los sentidos. Así se amaron una y otra vez, hasta que estuvo a punto de amanecer y que le pareció que se quedó dormido por unos minutos. No pudieron ser muchos y sí los necesarios como para que la misteriosa y bella dama tuviera tiempo de escribirle una nota de despedida, muy escueta, solo cuatro palabras: «Este fue tu abril». No entendió nada ¿Sería ese encuentro una premonición de un futuro junto a ella? Pero ¿por qué se fue sin despedirse si estaba en su casa? Solo le dejó esa nota ¿Qué querría decir? Por un momento olvidó la nota y entonces volvieron los caballos a trotar en su estómago, la sangre corría por sus venas y le punzaba como agujas por todo el cuerpo, cuando recordó todo lo que vivió esa noche. Necesitaba verla de nuevo. Volvería en la tarde por ella, además la nota decía que era su abril y abril estaba comenzando. Tenía que decirle que ya no podía ni quería vivir sin ella. Debía irse a preparar los estuches con las perlas que saldrían ese día. Trabajaría solo unas horas y volvería. Así que hablaría con su jefe para que le diera la tarde. Se vistió, sintiendo mucha soledad y un vacío como nunca. En solo unas horas, había vivido por primera vez en la vida y había experimentado las delicias que provocan el amor y la locura que produce perder la razón cuando se tiene desnuda, entre sus brazos, a un ángel con cuerpo de mujer. Fue la mañana más larga de su vida, fueron las cinco horas más eternas. Cuando salió, en la tarde, fue corriendo a casa de Gracia, tocó a la puerta casi con desesperación; necesitaba abrazarla de nuevo, experimentar el placer de su amor, tocar de nuevo esa piel tersa, suave y con un olor distinto. Tuvo que tocar varias veces hasta que escuchó una voz no conocida que le gritaba que iba a romper la puerta. Cuando fue abierta tuvo delante de él a una señora de unos setenta años de edad. No esperó a que preguntara. Lo hizo él.
—Busco a Gracia. Puede decirle que Sebastián está aquí.
La mujer lo miró ¿Fue lástima lo que vio o desaprobación? No, tal vez no, no podía precisar con exactitud; pero, además, él no estaba para leer miradas en ese momento. La mujer, con mucha calma, le dijo:
—Señor, Gracia murió hace veinte años.
—¿Muerta? ¡Eso no puede ser! Yo estuve con ella, aquí, toda la noche. Es una muchacha de pelo negro, piel…
—Sí, claro. Ella era Gracia. Eso lo entiendo. Pero ella murió.
Él no prestó atención y trató de entrar, pero la señora anciana se lo impidió.
—Gracia era mi hija y murió en un accidente de autobús hace veinte años. Lo siento.
Diciendo esto, cerró las puertas en sus narices y lo dejó perplejo, confundido, en total oscuridad, mirando hacia ningún lado, sin vida, muerto por dentro. Pudo escuchar la voz de un hombre que detrás de la puerta preguntó a la anciana:
—¿Sucedió de nuevo?
—Sí, claro. Como cada abril.
—¿Y la cama?
—Está deshecha y el cuarto, como siempre sucede, lleno de su perfume y las dos copas a medio beber sobre la mesita de la sala.
Fin
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